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...Hace unos meses nació en nuestra mente la idea de plasmar en papel la ayuda que siempre hemos querido ofrecer a los más necesitados, a esos niños que no conocen lo que es “soñar”, y que muchas veces no sabemos como llevarla a cabo… Bien hace unos meses un grupo de personas maravillosas nos unimos para desarrollar este proyecto: “Cuentos por Haití”, un libro lleno de ilusión, imaginación y esperanza, un libro lleno de vida para aquellos que creen que la suya no tiene futuro.

Este proyecto verá finalmente la luz en Septiembre de este año. Os Iremos informando de las fechas de presentación y el lugar donde se realizará, mientras tanto aquí os dejamos el relato de una gran escritora, un gran persona que ha querido ofrecernos su tiempo y su creatividad para poder llevar sonrisas allí donde solo hay lágrimas.

FLER, EL DRAGÓN SIN FUEGOEmilia Privat Ferrando

Fler, nació sin el don más preciado de todo dragón, el fuego. Por más que se esforzaba, no conseguía sacar por su boca, esas llamas rojizas que les protegían de sus enemigos. El resto de las crías de los dragones, se burlaban de su desgracia. Su padre, Ro, se avergonzaba de él. Y su madre, Lía, lloraba y lloraba. Fler estaba muy triste, porque nadie le comprendía. Solía esconderse tras unas enormes rocas.

—Nadie quiere jugar conmigo ¿Por qué tengo que ser diferente? —pensaba, con la mirada centrada en unas piedras que golpeaba con sus patas.

Fler pertenecía a la raza de dragones “Los Altés”, y se caracterizaban por el tamaño de sus garras. Eran las más grandes y fuertes, cuando cogían a una presa, a ésta le era imposible escapar. Pero Fler tampoco lo heredó, sus patas eran más pequeñas que las del resto de dragones. Todo en él era diferente, incluso el color verde de su piel, no era tan intenso como el de su raza, y su cola, terminaba en un desgastado color amarillo de punta muy afilada.

Los Altés, vivían en un lugar, en donde las montañas eran tan enormes, que casi no veías la cima. Había numerosas cascadas de agua, en ella se lavaban y jugueteaban con los dragones más pequeños y las piedras eran gigantes, con ellas construían las casas.

En ese hermoso territorio, habitaban dos razas más de dragones. “Los Tras”, eran de color marrón y escupían un fuego mucho más bravo, sus llamas alcanzaban hasta más de cincuenta metros. Y “Los Pols”, éstos eran grises y tenían la cola más larga y más fuerte, cuando golpeaban con ella a sus enemigos, el porrazo era tan duro, que los mandaban a un kilómetro de distancia, quedaban muy mal heridos.

Cada año, esos tres linajes de dragones, hacían el “Torneo de la Fuerza” para comprobar que manada había tenido las crías más fuertes e inteligentes.

El premio consistía en vivir durante un año, en la montaña más alta, en donde los árboles eran los más robustos y antiguos, las plantas eran gigantes y el agua de las cascadas era la más fría y cristalina, la preferida de todos los dragones de la comarca. Además, había las mejores casas de piedra, tan grandes como palacios. Todos los dragones, sin excepción, deseban vivir allí, aunque solo fuese una vez en la vida, pero los únicos que lo habían disfrutado hasta ese momento, eran “Los Tras”, ninguna otra raza había podido superar el tamaño y poder de su llama.

Los dragones silbones, siempre anunciaban el “Torneo de la Fuerza”, y lo hacían como flautas desafinadas. Fler, salió presuroso de su escondite y fue al encuentro con su padre.

—¡Papá, papá!, apúntame al torneo, quiero participar como los demás.

—¿Participar en el torneo? ¿Quieres que se rían aún más de nosotros?

—Pero papá…

Su padre, le dio un golpe con la cola y lo apartó de su lado. Fler se quedó desolado, sus lloros se escuchaban a varios metros de distancia. Pero su mamá fue a consolarle.

—Fler, hijo mío, no llores, debes reconocer que no tienes las ventajas de los demás y tú no quieres que se rían más de ti ¿Verdad? —le decía mientras le acariciaba su cresta aún minúscula y puntiaguda.

—Lo he pensado mucho y quiero intentarlo o ¿Es que no merezco esa oportunidad mamá? —le preguntó con ojitos tristes.

Lía, se lo quedó mirando y después de meditarlo, le contestó:

—Está bien Fler, intentaré convencer a tu padre, pero si lo consigo, te tendrás que esforzar mucho para no dejarnos en ridículo ¿Entendido?

—¡Gracias mami! —exclamó saltando a su alrededor.

—¡Vale, vale! —asintió su madre sonriente—. Quédate aquí, mejor que no te vean.

Fler, aunque tenía muchos deseos de acompañarla, la obedeció.

La dragona, encontró a su marido trabajando en la construcción de la nueva escuela, él era uno de los arquitectos. Ro, desde un principio, se negó a escucharla, pero su madre no se dio por vencida, se subió a la roca más alta y grito con todas sus fuerzas.

—¡Mi hijo tiene todo el derecho a participar en el “Torneo de la Fuerza”, es un Altés, como todos vuestros hijos y por justicia, os pido que lo apuntéis, él necesita demostrarnos de lo que es capaz y vosotros le vais a dar esa oportunidad! —la mamá de Fler podía ser muy convincente cuando se lo proponía.

Los papás dragones, se reunieron en el centro de esa gran explanada y murmuraron entre sí. Mientras tanto, Lía, avisó a Fler y éste corrió a su encuentro.

Los dragones habían tomado una decisión. Ro, le indicó a su hijo que se acercara.

—Bien, participarás en los juegos… —los saltos de alegría de Fler, hizo sonreír a su madre y enfurecer a su padre— ¡Basta! —se detuvo de inmediato—. Tenemos una condición —Fler se lo miró sorprendido—. La primera prueba que no superes, te retirarás ¿De acuerdo?

—Está bien…, como queráis —su mirada se volvió a entristecer, pero cuando recordó que podía participar, sus ojos se iluminaron y les informó— ¡Me voy, tengo que prepararme!

Lía se lo miró orgullosa y Ro, agachó la cabeza y se puso a trabajar.

¡El gran día había llegado!

Cada linaje presentaba a los pequeños dragones que habían nacido el año anterior, formando el grupo que les representaría. Los jóvenes de los Altés, no aceptaron a Fler, como su nuevo compañero y él tuvo que entrenarse solo.

¡Y comenzó el desafío!

Todos los dragones espectadores, estaban sentados en las enormes piedras que pusieron en forma de un semicírculo. En el centro, estaban todos los participantes, esperando la señal en el punto de salida.

La primera prueba, consistía en coger con las garras, una pila de maderas muy bien cortadas y atadas con lianas, simulando el tamaño de una cebra, la meta era coger más pilares que el resto de los grupos.

¡Y se inició el juego!

Todos los dragones volaban veloces y con sus garras, arrancaban esos pilares de la tierra y los soltaban en el lugar indicado. Después regresaban a por otro y así sucesivamente. Cuando sus compañeros, ya iban por el tercero, Fler, aún no había podido coger el primero. Sus patas se esforzaban, pero solo los levantaba unos centímetros y en seguida se le caía. Quedaban muy pocas columnas de madera, cuando Fler empezó a escuchar, por un lado, las burlas de los pequeños dragones y por el otro, el murmullo de quienes los observaban. Sintió tanta rabia, que se giró en redondo con la cara enfurecida y fue entonces, cuando su cola puntiaguda, se clavó por casualidad en uno de ellos y lo alzó de modo instintivo. Se escuchó un ¡OH!, incluso sus compañeros se quedaron inmóviles, al verlo allí, volando, con esa gran madera sujetada por su cola y ondeando a su compás. Él fue el primer sorprendido. Aprovechó ese descubrimiento, para actuar rápido. Finalizó esa prueba con éxito.

En el recuento, dos linajes estaban empatados, los Altés y los Tras. La madre de Fler, sonreía con orgullo a las mamás que se habían burlado, mientras su padre se había quedado mudo.

Todos los espectadores de los diferentes linajes vitoreaban para animar a sus muchachos:

—“Los Altés, somos los valientes…”

—“Los Pols, nuestra cola es la mejor…”

—“Los Tras muestro fuego y nada más…”

La siguiente prueba, era luchar contra dragones adultos. Los jóvenes, debían esquivar esos ataques. Pero si los atrapaban o los marcaban con polen amarillo, quedaban fuera. Se contaban los minutos que tardaban en llegar a la meta y al final de los juegos, esos minutos se restarían de las demás puntuaciones.

¡Y empezó esa lucha!

Los dragones adultos simulaban ser agresivos, iban en busca de los participantes con sus garras abiertas y escupiendo su fuego. Los pequeños, intentaban esquivar esos ataques, los mejores eran los Pols, pero aún así, la mayoría acababan pintados de amarillo. Fler, al principio se quedó observándolos, no sabía por donde ir, hasta que uno de esos dragones enormes fue en su busca. Entonces, el joven dragón, sin saber como, esquivó su ataque con tanta maestría, que hasta sus atacantes se miraron entre sí sorprendidos. Fler, aprovechó ese momento de despiste, para cruzar la meta. Todo el linaje de los Altés, se pusieron en píe y vitorearon su nombre, Fler sonrió y sacó pecho satisfecho. Minutos más tarde, seis dragones más, superaban esa dura prueba.

Los papás de Fler no podían creer lo que estaban viendo, su madre lloraba de alegría y su padre, por primera vez, se sentía orgulloso de su hijo.

¡Y comenzó la última prueba!

Esa vez el juego era más peligroso. Todos los participantes tenían que demostrar la fuerza del fuego que sacaban por sus bocas. Lucharían de dos en dos y dirigirían su llama, una contra la otra y la que más resistiera al ataque del otro, sería la ganadora. Fler, tenía un serio problema, él no tenía el don del fuego, entonces ¿cómo se enfrentaría a su atacante? El jurado le aconsejó que se retirara del campo de competición. Sus padres, desde la grada, le gritaban que se apartara, temían por su seguridad. Sus compañeros de juegos, también le insistieron para que abandonara, pero él, no se dejó convencer e insistió en continuar. Así, que comenzó la prueba. La madre de Fler escondió su rostro en el costado de su esposo, no quería verlo.

Se procedió al sorteo. A Fler le tocó un dragón de Tras, los más fuertes con el fuego. Todo el público se quedó sin habla. Las diez parejas se pusieron en posición, un dragón enfrente del otro, a una distancia de veinte metros. Un silbato daba comienzo a la prueba.

Todos los dragones sacaron el fuego por sus bocas abiertas, con energía y furia, chocando las llamas unas contra las otras y resistiendo el ataque contrario. Todos menos Fler y su acompañante, el joven dragón no se atrevía a atacar a Fler, temía hacerle daño.

—¡Vamos Ghul atácame! —le insistía Fler en posición de ataque.

—¡No te quiero quemar Fler! —se resistía.

—Te lo suplico, no me dejes en ridículo, te prometo que si me haces daño, gritaré.

Sus palabras convencieron a su compañero. Ghul abrió la boca y con toda su fuerza le escupió la gran llama roja. En ese instante, Fler quedó envuelto por una gran bola de fuego. Se escucharon unos gritos de desesperación, la madre de Fler se desmayó y su padre saltó fuera de la grada, quería entrar a rescatar a su hijo, pero el jurado se lo impidió. Los demás concursantes, se detuvieron asustados.

Fler, al sentir ese fuerte calor en su cara, abrió la boca, sentía que le faltaba el aire. Y fue entonces, como por arte de magia, escupió un vaho espeso y blanco de su garganta y apagó sin dificultad la llama de su atacante. Se libró de ese fuego que le había chamuscado parte de sus escamas. Su aparición dejó a todos pasmados, como si hubiesen visto a un fantasma.

—¡Fler! —gritó su padre de alegría. Su madre se estaba recuperando cuando vio a su hijo saludarla, con una gran sonrisa. Lía voló de inmediato al borde de la valla, junto a su esposo.

Un dragón del jurado se acercó a Fler.

—¿Te encuentras bien muchacho? —le preguntó observándole con detenimiento.

— ¡Me siento genial! —exclamó dando un salto hacia atrás.

El público empezó a aplaudir efusivamente, sus compañeros se lo miraban incrédulos y se unieron a esos fuertes aplausos. Fler, saludaba y saludaba con reverencias y haciendo tonterías, estaba súper feliz.

Cuando todos se calmaron un poco, el jurado le pidió a Fler, que les demostrara una vez más, lo que salía por su boca. Propusieron a todos los concursantes que le escupieran su fuego, querían ver que sucedía. Uno a uno, atacaron a un Fler, seguro de sí mismo. Cuando la llama se le acercaba, él sacaba de su garganta ese vaho frío, con el que apagó cada uno de esos fuegos bravos. El don de Fler, los había emocionado. Era el único dragón, que podía terminar con el arma más mortífera de todos los dragones, “El fuego”. No hizo falta contar la puntuación, para saber que el ganador del Torneo era Fler, su familia y todo el linaje de los Altés, al fin vivirían en la “Alta Montaña”.

Sus papás corrieron a abrazarlo.

—Estoy muy orgullosa de ti hijo mío —le dijo Lía sin dejar de besarlo.

—¡Mamá! ¿Has visto?, ya no soy un bebé —su madre sonrió y se apartó.

—Fler hijo mío, perdóname por haberte tratado tan mal, yo no sabía que…

—No pasa nada papá, ya está olvidado —le interrumpió Fler, había deseado tanto el abrazo de su papá, que no quería pensar en nada más.

Los dragones más ancianos, después de meditarlo, nombraron a Fler el primer dragón de un nuevo linaje, al que llamarían “Los Vahors”

Todos los dragones, celebraron juntos esa buena noticia, con música, lluvia de flores y carneros apetitosos. Después de comer, sus compañeros se disculparon con Fler y para mostrarle su arrepentimiento, lo pasearon por todas las montañas, como un verdadero triunfador. El joven dragón se sintió Rey por un día y aquél fue el principio de su nueva vida.

 

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